domingo, 4 de mayo de 2008

madres al rescate


Mi primer desayuno en Washington fue frente al ventanal del comedor del hotel que dejaba ver la cherry blossom (los cerezos de la ciudad en flor), con los árboles en flor de la ciudad, en todo su esplendor. La televisión sobre las bandejas de cereales y scones repetía inmisericorde las imágenes de unas adolescentes cheerleaders pegando una paliza brutal a otra chica de su misma edad.

- ¿Qué película estarán emulando…?-Dije.

–En todas partes cuecen beans –Comentó Isabel, mi compañera de viaje, enseñándome el periódico que recordaba el primer aniversario de la Universidad Tecnológica de Virginia, donde Seung Hui Cho había masacrado a 32 compañeros de estudios. Otros diarios referían el alarmante aumento de estudiantes con depresión o síndrome bipolar, detectados en las escuelas (10% en 2000, 15% en 2007) incidiendo en la necesidad de identificar a los estudiantes problemáticos para evitar futuras tragedias.

-Otra “caza de brujas” –Dijo mi amiga- mejor nos iría a todos con menos MacCarthy y más Milton: “El que ha vencido por la fuerza, ha vencido solo a medias a su enemigo”. No se trata de señalar con el dedo a los agresivos, después; sino de educarles, antes. Puedes enjaular un cuerpo, pero la mente seguirá libre.

Sus palabras me hicieron recordar mi batalla con el Nieto, nuestro preadolescente, semiadicto a los videojuegos, al que hubimos de racionar el tiempo de Playstation pues era capaz de jugar durante horas e imitar durante días el comportamiento o giros lingüísticos del personaje con el que interactuaba. No sirvieron aplicar la fuerza, los castigos (prohibir su uso) o la obligación de hacer el mismo tiempo de ejercicio al aire libre que de juego interactivo.

Sólo conquisté su mente a fuerza de enseñarle museos increíbles aliñados con anécdotas interesantes y rosquillas de Alcalá, de musicales y obrillas de teatro con tertulia posterior frente a un batido o de búsqueda de libros “con premio” (cromos deseados, CDs de sus cantantes) en bibliotecas de barrio. Tiempo compartido, conversación comunicativa y tenacidad optimista obraron el milagro de abrir su mente al mundo real, fuera de su maquinita.
La terapia reeducativa fue, en ocasiones, dramática. Porque toda adicción tiene su mono. Pero, finalmente llegó el día en que –como cuando era pequeño y cortamos con las tijeras su chupete- le acompañé al cubo de basura a que, voluntariamente, tirara su videoconsola...

Los perturbs creen que no sé que ellos “la rescataron” y que están tutelando al Nieto, dándosela a escondidas los sábados por la mañana, después de que haga sus deberes y cuando no estoy.


(Publicado en el MAGAZINE de EL MUNDO. 04/05/2008)

3 comentarios:

silvia kruchowski dijo...

Hola, soy mamá de seis hijos. Los cuatro mayores ya pasaron la adolescencia...me quedan dos!!!
Una de 17 y el más chico de 15.
Hemos superado exitosamente la obsesión por los videojuegos..
Con el mas chico creí que me cstaría más..pero no fue así.
Solito los dejó. Encontró cosas más interesantes que hacer. Más reales..
Cómo lo logré? Sin perseguirlo, sin prohibirle, sin ponerle ni horarios ni crtiticarlo.
Simplemente no le di más importancia que la que tiene.
Y funcionó...
Saludos desde Argentina.
Silvia

it dijo...

¡Seis hijos! qué maravilla y qué difícil parece, hoy en día.
Yo tengo siete hermanos y "Mi Santo" son 13... así que el follón, la actividad, el ruído y las casas muy llenas de todo son a lo que estoy acostumbrada. Me gusta.
Y me encanta leer que tú has sobrevivido (tranquilamente, jejeje) a cuatro y que ya sólo te queda cruzar el Rubicón con otros dos... ¡¡ánimo, que ya casi has llegado a la primera meta!!

;-))

Suntzu dijo...

¡Menuda labor de reeducación! Asombrosa, de verdad. Me quito el sombrero.